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Carlos Ponce Sanginés*
Resumen
Ya en 1605, el cronista Lizárraga apuntaba acerca de estas
ruinas que “casi no pasa por aquel pueblo hombre curioso
que no las vaya a ver”. Constituyen los vestigios visibles
de una cultura que, en su tiempo, forjó su propio desarrollo.
La cordillera andina, en el centro-oeste de Sudamérica se
bifurca en dos cadenas principales que encierran el altiplano
intermontano de Bolivia y la parte suroriental del Perú. Se
lo suele dividir en tres partes: el norte (el más ventajoso
y productivo en cosechas y el más denso en población), el
central donde se cultiva quinua y apto para la ganadería de
auquénidos y el sur, donde prevalece la pecuaria intensa de
camélidos. Se relaciona con la yunka marítima, con
la kerwa de los valles mesotermos y con la yunka
amazónica. Allí se desarrolló la interrelación entre pisos
ecológicos y una adecuada complementariedad. Ello contribuyó
a institucionalizar al estado tiawanacota y explica su expansión.
El autor desarrolla una crónica de los esfuerzos científicos
por su estudio y comprensión.
Abstract
In 1605, the chronicler Lizárraga pointed out about this
ruins where “nearly every curious man who passes by
that town, visits it”. They are the visible remains
of a culture that, in its time, forged its own development.
The Andean mountains, in the south-centre of South America
fork in two main chains which enclose the Bolivia high plateau
and the southeast part of Perú. It is usually divided in three
parts: the north (the most productive in crops and the most
densely populated), the central where the quinua is cultivated
and it is suitable for camelid herding and the south where
the intense camelid herding prevails. It is related with the
maritime yunka, with the mesothermal valleys kerwa
and with the Amazonian yunka. At that place it was
developed the interrelation between ecological zones and a
suitable complement. This helped to institutionalise the tiawanacota
state and it explains its expansion. The author presents
a report of the scientific efforts for its study and understanding.
1. Ecología
Los monumentos prehispánicos de Tiwanaku son renombrados
por sus señeras construcciones y por su admirable escultura
lítica. Ya en 1605 el cronista Lizárraga apuntaba acerca de
esas ruinas que "casi no pasa por aquel pueblo
hombre curioso que no las vaya a ver" (1).
Alrededor de cuatro centurias después se puede repetir la
frase y despiertan singular atractivo para el hombre de ciencia
y también para el simple turista. Se ha acopiado una frondosa
bibliografía al respecto y de seguro proseguirán en el futuro
los aportes. Constituyen los vestigios visibles de una antigua
cultura, que en su tiempo forjó su propio desarrollo.
La cordillera andina en el centro-oeste de Suramérica se
bifurca en dos cadenas principales, que encierran el altiplano
intermontano de Bolivia y la parte suroriental del Perú, que
en su mayor parte pertenece a aquélla. Abarca alrededor de
200 mil kilómetros cuadrados y 1031 kilómetros. lineales de
longitud, que comienza por el norte desde el portezuelo o
abra de la Raya y continúa hasta inmediaciones del volcán
Licancabur, para adentrarse en la puna de Atacama,
abarcando en latitud desde el paralelo 14º09' al 22º50', conformando
una meseta alta, situada entre 3600 y 4500 m.s.n.m. (2). El
conjunto de su sistema hidrológico es endorreico, vale decir
cerrado. Por las condiciones de altitud, posee clima de montaña,
con sus peculiaridades de intensidad luminosa elevada, temperaturas
bajas en general, desecación del aire (3).
En la porción norteña de aquél se halla emplazada la cuenca
del lago Titikaka, que cubre superficie de 57.340 kilómetros
cuadrados, de los cuales 8.559 pertenecen al espejo lacustre.
Fue ciertamente la parte privilegiada por sus condiciones
ecológicas favorables para la vida humana y por tanto explicable
la aparición primiceria de asentamientos aldeanos y después
para el desenvolvimiento de formas políticas estatales. Con
las consiguientes salvedades, desempeñó un rol semejante al
del Mediterráneo en el viejo mundo, crisol de desarrollo cultural
(4).
Ahora bien, al suroeste de ella, se levanta el llamado valle
altiplánico de Tiwanaku, cuya forma se asemeja a una herradura,
circunscrito en sus costados por la serranía meridional Chilla-Kimsachata,
con elevación máxima de 4825 m.s.n.m. y la septentrional de
Taraco. Denota aproximadamente 39 kilómetros de longitud
y 18 de ancho máximo, con extensión de 600 kilómetros cuadrados
en guarismos redondos. Por el oeste le corta la bahía de Waki
(otra grafía, Guaqui), delimitada por las puntas
de Taraco y Desaguadero respectivamente. Le
atraviesa de E-O el río Wakira, caudaloso en la temporada
lluviosa.
El actual cantón (equivalente a distrito en la división político-administrativa)
Tiwanaku, que dispone de 318 kilómetros cuadrados de territorio,
pertenece a la provincia Ingavi del departamento de
La Paz. Codificado como 2 08 301 por el Instituto geográfico
militar y 406301 por el Instituto nacional de arqueología.
Enclavado casi al centro del mencionado valle altiplánico,
donde se yergue el actual pueblo, cuya fundación se remonta
hacia 1570 en pleno período colonial español, evidenciándose
que el área arqueológica yace al este del mismo, la cual sobrepasa
los cuatro kilómetros cuadrados. A 3842,4990 metros de altitud
sobre el nivel del mar. Dista 16 kilómetros de las márgenes
del lago Titikaka por el oeste (circunscripción del puerto
de Waki) y apenas 12 por el norte, aunque aquí le separa
la cresta de la serranía septentrional.
En la clasificación ecológica se ubica en la formación de
bosque húmedo montano subtropical (bhMST), considerado
apropiado por tanto en términos de bioclima para la agricultura
y ganadería (5). Por la constante actividad humana milenaria
han desaparecido los árboles nativos achaparrados, keñua
y kiswara (respectivamente Polylepis spp. y
Buddleia spp.), quedando actualmente tan sólo algunos
manchones aislados al pie de la serranía, el cual reúne condiciones
microclimáticas. Vegetación rala, donde predomina la paja
brava (Stipa ichu). Desde el punto de vista de uso
de la tierra, se le incluye en la categoría de cultivo diferenciado
de zona alta sobre los 3000 metros, bien marcada en el mapa
elaborado con imágenes de satélite tecnológico de recursos
naturales (6). Según Cochrane pertenece al sistema de tierra
III b1, aunque su diagnóstico no parece fidedigno (7).
El clima típico de tierras altas, con sólo dos estaciones
pronunciadas, invierno seco y verano lluvioso. En la división
al respecto establecida por García y Viparelli se encontraría
en la zona IIa (8). Con humedad adecuada en el suelo
para la vegetación de noviembre a mayo y en cambio los meses
de junio a agosto experimentan biotemperaturas que son limitantes
para los cultivos. Precipitación pluvial media anual de 678
milímetros, mínima de 462 y máxima de 880 (9). Temperatura
media ambiente de 7,6º C con mínimas de -13º y máxima de 23º
C. El referido valle altiplánico está atravesado de E-O por
el río Wakira, con caudal promedio de 0,204 metros
cúbicos por segundo, en cuya composición se advierte bicarbonato
cálcico (10). Toda la red de drenaje fluye hacia el lago Titikaka,
cuyo nivel está sujeto a oscilaciones métricas estacionales
y cíclicas.
Los cultígenos andinos beneficiados son principalmente patata
(Solanum spp.), oca (Oxalis tuberosa), quinua
(Chenopodium quinoa) y kañawa (Chenopodium
pallidicaule), ulluku (Ullucus tuberosus).
En la colonia española se introdujo la cebada (Hordeum
vulgare) y haba (Vicia faba), aumentándose el repertorio
de plantas cultivadas. Los suelos son ligeramente alcalinos.
En la porción llana del valle, suavemente en declive rumbo
al oeste, aparecen los suelos profundos pardos de textura
franco arcillosa, antiguos sedimentos lacustres cuaternarios.
En cambio, aquellos de la serranía meridional, con pendientes
superiores al 15%, muestran grava en la superficie y texturas
livianas (11). Dicha serranía está conformada por rocas areniscas
de la formación terciaria, denominada asimismo Tiwanaku por
los geólogos y la septentrional con conglomerados de la formación
también terciaria Taraco (12). Algunos autores del
siglo XIX exageraron la aridez del paisaje, como acontece
con el autor francés Nadaillac (1883), que afirmaba que allí
"ninguna vegetación es posible y ningún cereal puede
madurar, todos los elementos son insuficientes para mantener
la vida", incurriendo en hipérbole desmesurada (13).
Cabe indicar que el medio ambiente un tanto frígido y aparentemente
desfavorable a la agricultura, fue superado por un pueblo
que se empeñó en vencer dificultades, gracias a una tecnología
implantada por el estado tiwanacota a principios de nuestra
era, que encaró el problema con procedimientos bien planteados
y que permitieron un excedente económico, así como un pensamiento
que procuraba la integración con otras regiones.
Por último, en lo tocante a comunicaciones, se halla conectado
a través de carretera Río Seco-Desaguadero en su tramo
de 60 kilómetros lineales de trayecto, a contar desde El Alto,
con la sede del gobierno boliviano, la ciudad de La Paz y
por consiguiente de fácil acceso. Con anterior plataforma
de grava, deficiente sin duda, lo que justificó su asfalto,
tarea ya realizada.
El altiplano boliviano se suele dividir en tres segmentos.
El norte, ubicado al oriente e inmediatamente al sur del lago
Titikaka, sin duda el más ventajoso y productivo en
cosechas, denso de población en la porción circunlacustre
A continuación, el central, que cubre las provincias del sur
paceño y el departamento de Oruro, ámbito donde fluye el río
Desaguadero y el lago Poopó, caracterizado por las matas de
thola (Lepidophyllum cuadrangulare) y frecuentes
suelos arenosos, en que se cultiva fundamentalmente quinua
y apto para la ganadería de auquénidos. Por último, el sur
que abarca varias provincias potosinas y el salar de Uyuni,
donde prevalece la pecuaria intensa de camélidos (14).
El altiplano o suni se halla encerrado a guisa de
paréntesis por la cordillera occidental andina que lo separa
de los valles yunka marítimos (donde se encuentran
Moquegua y Tacna) y por la cordillera oriental o Real, que
también le aparta de los valles mesotermos kerwa y
las quebradas yunka de la vertiente amazónica (15).
Desde muy temprano se habría producido la interrelación entre
pisos ecológicos, dentro de una adecuada complementariedad
de recursos naturales y de mutuo beneficio, que impulsó a
institucionalizar al estado tiwanacota la explotación racional
de aquéllos y explica su consiguiente expansión.
Dollfus troqueló la expresión el reto del espacio andino,
porque evidentemente lo fue en el pasado y lo es al presente.
El hombre y su cultura se ensamblaron antaño perfectamente
en una conjunción estrecha y hasta perfecta. Y en ese esfuerzo
se destacó el estado de Tiwanaku, que en el período precolombino
forjó un desarrollo admirable y que en las páginas siguientes
se dilucida.
2. Cuatro siglos de esfuerzo científico
Los monumentos prehispánicos de Tiwanaku llamaron la atención
de quienes transitaban el polvoriento camino de paso por allá,
desde poco después de consolidada la conquista española e
implantado el régimen colonial. En 1549 visitó esas ruinas
el cronista Pedro Cieza de León (1518-1560), que consagró
el capítulo CV de su escrito a una sumaria descripción, más
guiado por su asombro al contemplarlas, dado que su erudición
era bastante limitada. No obstante, fue el primero que planteó
el problema de la antigüedad. Interrogó, incitado por la curiosidad
a los nativos lugareños, si las edificaciones visibles se
habían erigido en tiempo de los inkas y ellos en franca hilaridad
por la ingenuidad de la pregunta, respondieron que no y que
ya estaban construidas muy antes. Por tanto, propugnaba un
origen preinkaico, hasta calificar textualmente a Tiwanaku
como "antigualla por la más antigua de todo el Perú",
en su peculiar prosa un tanto desaliñada. Si se tiene en cuenta
que el ocaso de la cultura tiwanacota se produjo a fines del
siglo XII, en el lapso posterior de aproximadamente de tres
centurias y media se había disipado el recuerdo histórico
en la memoria popular de quienes habitaban el lugar, de toda
rememoración de la presencia de un poderoso estado antaño,
permaneciendo tan sólo la reminiscencia de su data precedente
al Inkanato (16). Las observaciones del citado autor fueron
proseguidas por muchos otros cronistas, entre otros
Diego de Ocaña en 1603, Reginaldo de Lizárraga hacia 1605,
Inka Garcilaso de la Vega que se apoyó en el testimonio de
su condiscípulo Diego de Alcobaza en 1609, Bernabé Cobo visitó
las ruinas en 1610 y 1617, Antonio Vázquez de Espinosa en
1628, Antonio de Castro y del Castillo en 1651, Pedro Nolasco
Crespo en 1792 (17). Sus textos no enderezaban a la pesquisa
propiamente científica, sino se circunscribían a consignar
sus impresiones al admirar los vestigios arquitectónicos.
Por su parte, varios de ellos narraron mitos, en especial
cosmogónicos, vinculados a los mismos. No se trataba de investigación
científica propiamente dicha, pero su información resultaba
útil por el tiempo ya alejado del nuestro en que caminaron
por ahí.
La era de los viajeros se inició a continuación, al cierre
del siglo XVIII y prosiguió en el XIX. Sus actores, personalidades
que se trasladaban fundamentalmente de Europa para disfrutar
de una realidad distinta y como corolario difundir sus experiencias
a través de publicaciones. Aunque muchas veces se atendía
a lo insólito y pintoresco, también se intentaba un acercamiento
a la dilucidación de lo que significaban los antiguos monumentos,
si bien no se disponía de una metodología rigurosamente científica.
De cualquier modo un paso adelante en búsqueda de explicación
de sus alcances y cuando se formularon algunas hipótesis todavía
germinales. Puede definírselo como prearqueología.
Abría el listado de dichos viajeros, Tadeo Haenke (1761-1817),
naturalista bohemio, que participó en la expedición marítima
española de Malaspina y remató domiciliándose en Cochabamba.
En 1794 estuvo en Tiwanaku y tuvo la suerte de ser el primero
en contemplar la llamada Puerta del sol, tumbada sobre
el suelo. Establecida la independencia política de Bolivia,
desligada ya de la secante dependencia de España, despertó
el país a las consiguientes relaciones internacionales. Y
entonces se produjo el alud de extranjeros con intereses comerciales,
pero también algunos con visos intelectuales. El secretario
del consulado inglés en Perú, Joseph Barclay Pentland (1797-1873),
fue comisionado para prestar un informe sobre el naciente
estado y como no podía ser de otra manera acudió a contemplar
Tiwanaku. Le siguió el naturalista francés Alcides Dessalines
d'Orbigny (1802-1857), que recorrió el lugar en dos días escasos
de 1833. El pintor germano Johan Moritz Rugendas (1802-1858)
con sus pinceles a mano en un par de días de 1844 documentó
las ruinas. Leoncio Angrand (1808-1866), que desempeñaba funciones
diplomáticas, en la navidad de 1848 tomó unos valiosos dibujos
y publicó después una carta donde incurría en variados errores.
Su compatriota y comisionado oficial de su gobierno, Francis
de Castelnau, que vino con propósitos geográficos, en 1845
estuvo algunas horas y formuló una breve descripción. En 1851
se editó en Viena la lujosa obra intitulada Antigüedades
peruanas, cuyos autores eran el arequipeño Mariano Eduardo
de Rivero (1798-1857) y J.D. Tschudi (1818-1889), donde se
consignaban algunos dibujos sobre Tiwanaku. En la nómina prosigue
el británico Clements R. Markham (1830-1916), patrocinador
de la hipótesis del imperio megalítico andino. Luego el geólogo
escocés David Forbes (1809-1868), que probablemente estuvo
allí hacia 1863. Cabe recordar al estadounidense Ephraim George
Squier (1821-1888), diplomático, empresario y viajero impenitente,
que permaneció una semana entre los monumentos tiwanacotas
y en su acucioso libro insertó sus observaciones, siendo el
primero en utilizar un aparato fotográfico. El ex-presidente
argentino Bartolomé Mitre (1821-1906), político, militar e
historiador, editó un opúsculo en 1879 donde consignó sus
comentarios y su aventurado conocimiento de Tiwanaku cuando
cabalgaba como deportado político a la frontera peruana. Charles
Wiener, viajero austríaco naturalizado francés, un tanto
extravagante, durante una semana pernoctó en Tiwanaku en mayo
de 1877 y tres años después puso en circulación una gruesa
obra con el relato de su periplo en Bolivia y Perú. Cierra
históricamente el ciclo de los viajeros el alemán Ernest W.
Middendorf (1830-1908) a fines de la década de 1880, con una
obra en tres tomos que sobrepasan el millar y medio de páginas,
de las cuales 22 consagra a Tiwanaku. En la nómina se ha omitido
a las figuras menos estelares. En resumen, la contribución
de los viajeros del siglo XIX puede ser evaluada como un inicio
de la curiosidad científica respecto de los monumentos de
Tiwanaku, cuyas observaciones obedecían más a la visión del
hombre común desprovisto de una metodología adecuada. Se trataban
de rápidas prospecciones, aunadas por lo general con el deseo
de mostrar lo insólito y hasta pintoresco. Una etapa propiamente
prearqueológica, pero que de ninguna manera puede ser
soslayada o ignorada, pues cuando menos permite aquilatar
el estado de conservación en que se encontraban entonces.
Arribar hasta las ruinas implicaba un fatigoso esfuerzo, con
vías de comunicación en extremo rudimentarias (18).
En la década de 1890 se inició la investigación arqueológica
con un sentido netamente científico, en la cual se fueron
dando los primeros pasos de ensayo al efecto y formulándose
secuencias culturales con una periodificación bastante incipiente,
unida también a peculiaridades arcaizantes renacentistas como
el asociarla a la conformación prioritaria de colecciones
de especímenes prehispánicos. Se puede calificarla justamente
como etapa protoarqueológica. Ejecutaban su trabajo
los pioneros en forma rudimentaria, pero en cualquier caso
representaba un avance con relación a los viajeros decimonónicos
que eran meros recolectores de piezas arqueológicas que acumulaban
durante sus expediciones. Además, implicaba la aparición de
profesionales en la materia o cuando menos de dedicación cuasi
completa a su labor. Correlativamente las publicaciones dadas
a estampa, constituían una fuente de información con propósito
exclusivamente científico. La metodología utilizada, primeriza,
implicaba naturalmente limitaciones y hasta errores, pero
propios de su tiempo, donde la arqueología todavía balbuceaba,
se encontraba larvada y germinal. Quienes se animaban investigar
Tiwanaku debían vencer los escollos de la distancia, el encontrarse
con una sociedad atrasada típica de la república oligárquica,
que no prestaba atención a los monumentos prehispánicos, en
la cual predominó el régimen conservador manejado por los
grandes magnates de la minería argentífera y a su caída en
1899 el advenimiento del liberalismo proclive a la minería
del estaño. Se destacaban personalidades de quehacer individual,
con su aureola de prestigio entonces y que con frecuencia
chocaban por sus concepciones dispares y dogmáticas que se
encasillaban en sus peculiares argumentos.
Uno de los pioneros más relevantes fue sin duda alguna el
germano Max Uhle (1856-1944). Como fruto de sus desvelos,
editó en 1892 una voluminosa obra sobre las ruinas de Tiwanaku,
en coautoría con A. Stübel. No deja de causar extrañeza que
Uhle la publicara sin conocer personalmente las ruinas, puesto
que tan sólo en 1894, del 20 al 21 de abril, tuvo ocasión
de visitarlas (19). Uhle además revestía un criterio colonialista
y supuso que formar y vender colecciones arqueológicas era
algo muy natural. Así envió una de Tiwanaku con destino al
museo berlinés. Mantuvo dos ácidas polémicas con otro pionero,
Arturo Posnansky (1873-1946), austríaco nacionalizado boliviano,
quien al margen de sus intereses empresariales, se dedicó
a estudiar y defender de la depredación los monumentos tiwanacotas.
Si bien hoy en día resultan sus aseveraciones en extremo discutibles,
permanece como saldo positivo su tarea proteccionista. Otras
figuras a mencionar son Adolph Francis Alphonse Bandelier
(1840-1914), suizo nacionalizado estadounidense, que se destacó
por su trabajo en la isla del Sol y el sueco Erland Nordenskiöld
(1877-1932), que localizó el ramal tiwanacota en Miske (20).
La tercera etapa en la trayectoria de la indagación respecto
a Tiwanaku se tipifica por el acercamiento directo a las ruinas
mediante la excavación limitada en su magnitud y con propósitos
científicos, aunque todavía germinales y no desarrollados
a plenitud. Comprende ella algo más de media centuria en su
trayectoria, a contar desde 1903. Si bien en cuanto a metodología
los comienzos se muestran incipientes, se la perfeccionó en
su decurso, aunque no llegó a un grado óptimo. Correlativamente
se formaron grandes colecciones aglutinadas por aficionados,
que se sentían atraídos de una u otra manera por las expresiones
del pasado. La investigación se hallaba fundamentalmente a
cargo de misiones extranjeras, donde los elementos nacionales
experimentaban postergación y cuando mucho se les asignaba
tareas auxiliares. Se observaba una relación asimétrica de
dependencia, ya que la iniciativa provenía de afuera, con
perspectiva netamente neocolonial. Predominó un cierto desdén
por el personal local e inclusive se transportó como norma
casi general el material exhumado a los países metropolitanos.
Coincidía la etapa en cuestión con la era de los grandes capitalistas
que acapararon la explotación del estaño y con la innegable
férula del patronato oligárquico. En el país mismo se miraba
con reticencia las expresiones nativas y hasta se las consideraba
como algo retrógrado y por consiguiente se asignaba escasa
importancia a las culturas prehispánicas.
El primer eslabón en la cadena constituyó la misión científica
Créqui-Montfort y Sénéchal de la Grange, a la cual el gobierno
francés confirió carácter oficial. Se encomendó a uno de sus
miembros, el geólogo Georges Courty, que excavara en Tiwanaku,
desde el 3 de septiembre al 15 de diciembre de 1903, con deplorable
descuido y ausencia de técnica como quien cosecha patatas.
Las calas emprendidas por Otto Buchtien desde el 22 de diciembre
de 1913 por el lapso de ocho semanas, o sea hasta mediados
de noviembre del indicado año, fueron todavía más nefastas.
Wendell Clark Bennett (1905-1953), miembro del Museo americano
de historia natural de Nueva York, durante 25 días en
1932, ejecutó pequeñas excavaciones en Tiwanaku, una decena
de pozos, con superficie total de 120 metros cuadrados y estableció
una secuencia cultural de la cerámica, dividiéndola en antigua,
clásica y decadente. Eduardo Casanova, investigador argentino
del Museo de ciencias naturales de Buenos Aires, cavó
25 unidades de sondeo, con una extensión total de 50 metros
cuadrados, en el lapso de cuatro semanas en 1933. El arqueólogo
sueco Stig Rydén (1908-1965), del personal del Museo etnográfico
de Gotemburgo, hacia julio de 1938 procedió a la apertura
de siete unidades de excavación que abarcaron una superficie
total de 22,41 metros cuadrados, o sea extensión bastante
restringida. Se cerró el ciclo de los excavadores en pequeña
escala con el estadounidense Alfred Kidder II (1911-1984),
quien con el auspicio del Museo universitario de Pensilvania
pudo entre el 27 de junio y 15 de julio de 1955, practicar
dos pozos estratigráficos (21).
¿Qué aconteció con los bolivianos? El médico de profesión
Belisario Díaz Romero (1870-1940) y los historiadores José
María Camacho (1865-1951) y Rigoberto Paredes (1870-1951)
publicaron interesantes trabajos sobre Tiwanaku, pero no asumieron
labores de campo, que quedaron a manos de la iniciativa foránea.
Empero, conformó un acierto el erigir el Museo nacional
en La Paz, aunque misceláneo, por compra de un edificio de
propiedad de Arturo Posnansky por parte del estado el 22 de
mayo de 1922. Gracias a la iniciativa del parlamentario Tomás
O'Connor d'Arlach (1853-1932) se dictó la ley de 3 de octubre
de 1906, que declaraba propiedad de la nación las ruinas de
Tiwanaku y que se complementó con el decreto supremo de 11
de noviembre de 1909, que impedía cuando menos teóricamente
el vandalismo.
En esa etapa se formaron tres grandes colecciones privadas,
en gran proporción con piezas tiwanacotas. Julius Nestler,
cónsul austrohúngaro en Bolivia, aprovechó su estatus para
hacerse en 1910-11 de una colección de 3644 ejemplares, que
trasladó a Praga y que a su fallecimiento se traspasó al museo
de esa ciudad, donde permanece. Un acto de piratería cultural
censurable. Fritz Buck (1877-1961), de nacionalidad alemana,
joyero y aficionado a la arqueología, conformó otra importante
colección de 3838 objetos, que tras una serie de peripecias
desagradables para el patrimonio cultural boliviano, por fin
se transfirió al Museo de metales preciosos precolombinos
de La Paz. Sin embargo, con precedencia en 1935, la copropietaria
de la colección Buck, señora Oeser, había vendido un lote
de vasijas tiwanacotas al Museo nacional de arqueología
de Lima, violando las normas legales bolivianas. El coronel
Federico Diez de Medina Lértora (1882-1963) fue un enamorado
del arte prehispánico y en ese entendido formó una valiosa
colección de 18.662 especímenes, la cual a su fallecimiento
fue adquirida por el estado y se la guarda en el Museo
nacional de arqueología.
El advenimiento en 1957 de la institucionalización de
la arqueología boliviana, o sea la cuarta etapa, obedeció
a un proceso histórico bien perfilado y no fue fruto de la
casualidad. Constituyó repercusión incuestionable de las modificaciones
estructurales de la revolución de 1952 en una de sus facetas
plausibles, al interesarse por cuanto concernía a las culturas
prehispánicas y a las etnias nativas, con precedencia despreciadas
por la república oligárquica. Como consecuencia directa de
las mismas, se despejó la discriminación sobre todo cuanto
con precedencia se estigmatizaba y se tildaba con tónica peyorativa,
presentándose por ende un panorama propicio para la arqueología.
En ese marco me cupo fundar el 20 de octubre de 1958 y ser
primer director del Centro de investigaciones arqueológicas
en Tiwanaku (sigla CIAT), como institución científica
permanente y con sede allí, constituía la emergencia de la
institucionalización de la arqueología boliviana y apoyada
por el estado. El 2 de agosto de 1960 inauguré el Museo
arqueológico regional, donde se conserva el material rescatado
de las excavaciones. En 1970 hice colocar la malla olímpica
para proteger el área arqueológica del vandalismo persistente.
Si se dilucida una periodificación dentro de la cuarta etapa,
se distinguen netamente dos fases: La primera en que se erigió
el Centro de investigaciones arqueológicas en Tiwanaku,
que abarcó el lapso 1957-1974, o sea 18 años. La segunda ocupada
por el Instituto nacional de arqueología (sigla Inar),
también fundado por mí en 1975 y del cual fui primer director.
Desde ese año hasta el 2000, vale decir un cuarto de siglo,
puede ser desagregada en subetapas de acuerdo a las gestiones
de sus seis directores posteriores sucesivos, pudiéndose mencionar
a Jorge Arellano, Carlos Urquizo Sossa, Juan Albarracín,
Oswaldo Rivera Sundt, David de Rojas Silva y José Tejeiro.
Sensiblemente en los dos gobiernos más recientes, fue rebajado
de jerarquía, simplemente como Dirección nacional de arqueología
y antropología, ocupando un rengo menor.
Se puede sintetizar someramente las principales actividades
efectuadas. La ejecución de excavaciones en gran escala
desde 1957 a 1960 y de 1974 a 1978, emprendidas bajo la dirección
del arqueólogo Carlos Ponce Sanginés, cooperado por personal
boliviano. Se concentró el trabajo en Kalasasaya, Templete
semisubterráneo, Kherikala, Lakkakollu, Putuni y parte de
Akapana y Pumapunku (22). Un descubrimiento sensacional fue
sin duda el de la estela que fue bautizada Ponce, en
homenaje a aquél, tallada en andesita y de 3 metros de alto,
muy bien conservada, en la unidad de excavación H-13 del patio
interior de Kalasasaya el viernes 8 de noviembre de 1957 a
una profundidad de 2,10 metros Con posterioridad se prosiguió
las excavaciones de 1988 a 1990, principalmente al noroeste
de Akapana y al norte de Putuni, aunque como un proyecto mixto
entre el Instituto nacional de arqueología y la Universidad
de Chicago. Continuó también la labor en Pumapunku, pero exclusivamente
a cargo del Inar (23).
Cumple mencionar aquí la restauración practicada en los muros
de Kalasasaya. Siendo terraplenado el edificio, la tierra
corría el riesgo de ser arrastrada desde la plataforma hacia
afuera por acción pluvial y también que se desmoronara el
paramento murario. Para el efecto se empleó el material que
había caído y por tanto no era extraño al edificio. Esta tarea
se realizó desde 1965 a 1973, en 9 años seguidos, dada la
magnitud, bajo mi dirección. Con anterioridad se restauró
el Templete semisubterráneo, que peligraba por inundaciones
al ser hundido y los paramentos murarios podían derrumbarse.
La restauración demandó desde 1961 a 1964. Se la realizó con
precisión, numerándose cada una de las piedras, hasta las
más pequeñas, con su ubicación exacta en planos de escala
1/20, así como en fachadas y cortes, fuera de numerosas fotografías
documentales (24).
Tras el recuento de las principales excavaciones, cabe pasar
revista a los resultados cosechados en la esfera científica.
Conviene esclarecer que para Tiwanaku se estableció una secuencia
de cinco épocas, de la I a la V y tres estadios de desarrollo,
el aldeano equivalente a la época I y II; el urbano que se
subdivide en una fase temprana o época III y una fase madura
o IV; por último, el imperial o época V. De acuerdo al lineamiento
político, se ha elucidado que el estado tiwanacota atravesó
tres etapas, local, regional e imperial, coincidiendo con
las épocas III, IV, V, además de una previa aldeana o preestatal,
concordante ésta con la I y II. Tal secuencia se determinó
según las conclusiones de la excavación practicada en el patio
interior de Kalasasaya, donde la estratificación mostraba
muy clara la sucesión de las capas respectivas.
Un avance decisivo fue formular la cronología absoluta para
Tiwanaku, que con anterioridad había sido sujeta a adjudicación
de una antigüedad hiperbólica con apariencias cientificistas.
La introducción de la datación radiocarbónica al respecto
significó un importante adelanto, porque se despejaron especulaciones
fantásticas. Sirvió para fijar la duración pertinente. La
etapa aldeana o preestatal se habría desenvuelto entre 1580
a.n.e. al 133 d.n.e. Hacia el 150 a.n.e. se habría producido
una transición de aquella hacia la formación del estado. El
estado local desde 133 hasta 374 d.n.e., el regional hasta
el 724 d.n.e. El imperial desde entonces hasta 1172, el fechado
más reciente para Tiwanaku. De lo indicado se desprende que
la cultura tiwanacota tuvo una prolongada trayectoria, milenaria
si cabe la expresión. La cronología propuesta en vez de ser
rectificada, ha sido ratificada por otros fechados.
En la enumeración sólo puede citarse raudamente otros rubros:
Catalogación por vía computadora, legislación protectora del
patrimonio cultural prehispánico, fomento del turismo, de
la actividad artesanal. Asimismo, múltiples proyectos de investigación,
publicación de libros y artículos científicos, reuniones especializadas,
en fin una actividad incesante.
Personalmente correspondió a Ponce Sanginés un rol preponderante
en esta cuarta etapa, como director y fundador del Comité
de excavaciones en 1957, del CIAT y del Inar
desde 1958 a 1982; luego, como director del Centro de investigaciones
antropológicas Tiwanaku desde 1989 hasta la fecha.
3. Monumentos principales
de Tiwanaku
En el presente capítulo se brindará un escorzo resumido de
los principales monumentos excavados en la ciudad precolombina
de Tiwanaku, ya que de ellos se cuenta con información científica
disponible.
El Templete semisubterráneo es uno de los monumentos
más interesantes de Tiwanaku y en el mismo se traduce un logro
notable de la arquitectura nativa y hoy en día se puede encomiar
la concepción estética de sus constructores de casi dos milenios
atrás. Se halla situado al este del recinto de Kalasasaya
y a una distancia de 21,50 metros. Su posición geográfica
de 16º33'03" de latitud sur y 68º40'13 de longitud oeste.
Cuadrícula 351701 de la hoja 5844-II de la carta nacional.
Codificado como 40630102. Tiene una diferencia de nivel de
2,64 metros con el piso externo de Kalasasaya. La excavación
practicada para ponerlo en descubierto demostró que no estaba
completamente destruido como suponían otros autores, sino
en bastante buen estado de conservación, aunque por supuesto
carecía de los sillares de la parte superior del paramento
murario. Es de planta ligeramente rectangular, compuesto de
cuatro muros de contención en torno a un patio abierto, dígase
hundido. El lado oeste mide 28,47 metros, el este 28,57, el
norte 26,00 y el sur 26,05. En la fachada del muro norte se
percibe 14 pilares monolíticos plantados verticalmente, en
el este 11, en el oeste 15 y en el sur 9. Todos son de diferente
tamaño y colocados irregularmente. Entre uno y otro pilar
media aparejo de sillares toscos. Los muros adornados con
cabezas humanas sobresalientes, esculpidas en bulto y en piedras
de color blancuzco, en especial roca caliza e ignimbrita.
Los pilares que se encuentran en las medianas estaban tallados
con figuras antropomorfas, de las cuales han quedado vestigios,
porque se han borrado casi del todo. El material lítico predominante
la arenisca roja. El patio interior de tierra apisonada, con
leve declive y a dos metros de profundidad en relación al
suelo circundante externo. Su escalinata de acceso originalmente
de siete peldaños daba al sur, o sea hacia Akapana
y no se conectaba por tanto directamente con Kalasasaya.
Un canal abierto corría al pie de los muros para desaguar
tras las precipitaciones pluviales. Hallazgo significativo
fue un receptáculo de piedra de forma cilíndrica y decoración
incisa con fina línea, que servía para depositar ofrendas.
Se encontraba casi al centro del Templete la estela pilar
1 (antes designada 15) en la época III y en la IV se efectuó
una modificación, colocando la estela 10 de gigantescas dimensiones.
En cuanto a su función fue indudablemente un templo pequeño,
de 742,70 metros cuadrados, o sea con modesta capacidad de
congregar una masa de un millar de personas, dentro de una
estimación razonable. Es incuestionable que allí se realizaban
ceremonias y también danzas, al igual que hoy en día se verifican
tales espectáculos en las festividades de los pueblos altiplánicos.
Dentro de la cosmovisión, representaba el Templete el mundo
de abajo, donde residían los seres por nacer y los muertos.
Por su escalinata de siete peldaños se descendía al
patio hundido, un indicio que encarnaría el plano del inframundo.
Las cabezas clavas que sobresalen del paramento son muy variadas
y se las puede interpretar como que reproducen individuos
de diversos grupos étnicos, personajes que no son dioses,
sino humanos. El material utilizado en los muros es la arenisca
roja, probablemente simbolizando la oscuridad propia del medio
subterráneo. Hay que añadir que las estelas erguidas al centro
miran hacia el sur, no al este u oeste con respecto al curso
solar, sino más bien en relación de nocturnidad. Aquí cabe
recordar el mito recogido por el cronista colonial Betanzos,
en que el dios demiurgo en su segunda creación plasmó en Tiwanaku
el sol, el día, la luna y las estrellas y esculpió en piedra
las efigies de la gente que se diferenciaba en distintos
pueblos y que se desparramaron por todo el orbe. Posiblemente
tal mito de creación estuvo presentado en forma icónica ahí
(25).
El Templete fue excavado parcialmente por Courty en 1903
mediante unas estrechas zanjas, con deplorable técnica, para
poner en descubierto los muros y una central. Con las lluvias,
la tierra extraída y depositada junto a la zanja, se desmoronó,
volvió a introducirse y la tapó. Con posterioridad, Bennett
en 1932, casi al centro descubrió la estela 10, a la que se
confirió su nombre. En 1960 la excavación del Centro de
investigaciones arqueológicas en Tiwanaku, bajo mi dirección,
fue integral, reexcavó lo tocado por Courty y Bennett y lo
que no había sido removido con precedencia. Comprendió 25
unidades de excavación, con sus respectivos bordos, testigos
o claves estratigráficas. La estratificación era intrusiva,
producto de sedimentación y por tanto posterior al abandono
del edificio, material alógeno acarreado por acción pluvial
desde Akapana. Corresponde en la secuencia cultural
a la época III o fase urbana temprana, estado local de Tiwanaku,
corroborada la afirmación por el material lítico empleado,
arenisca roja y el estilo de su paramento. Consta el informe
respectivo en un libro monográfico muy detallado (26).
Kalasasaya consiste en una gigantesca edificación
terraplenada que ha perdurado a través del tiempo. Se encuentra
a 16º33"06' de latitud sur y 68º40'15" de longitud
oeste. Cuadrícula 350700 de la hoja 5844-II de la carta nacional
de Bolivia, compilada por método fotogramétrico. Codificada
como 40630103. La denominación significa en aymara piedras
erguidas, sincopada de kala-saya-saya, con morfema
de plural por redoblamiento, por lo cual se infiere que tal
designación no es prístina, sino relativamente moderna. Situada
contigua a la pirámide de Akapana y al norte de la
misma. Durante muchos años, antes que el gobierno boliviano
adquiriera el terreno, estuvo sometido a cultivos agrícolas,
lo que deterioró por supuesto el monumento. Se excavó en Kalasasaya,
bajo mi dirección, de 1957 a 1960. Se evidenciaba que se trataba
de una edificación terraplenada con muros de contención en
sus cuatro costados, compuestos por pilares plantados a intervalos
y el espacio que mediaba entre ellos con hiladas de sillares.
Los muros norte y sur, trabajados con arenisca, corresponden
a la época III e igualmente una parte del oeste. En cambio,
en el este, el muro original fue cubierto por delante por
uno más elaborado y construido con material andesítico en
la fase urbana madura (estado regional) para embellecerlo,
así como la llamada pared balconera, extensión saliente
de la plataforma en el lienzo oeste, con sus dos ángulos.
Por consiguiente, sufrió modificaciones la estructura con
el decurso del tiempo. El recinto se halla separado en dos
segmentos, un patio rectangular más pequeño y que se lo ha
denominado interior, pero con el piso al mismo nivel que todo
el terraplén, con acceso por la portada principal maciza y
la escalinata de siete peldaños, separado por un muro de otro
patio en forma de C. En derredor del patio interior se encontraba
una serie de pequeñas construcciones, cuya pared externa es
de adobe, con aplanado pintado en tono verdoso y su interior
con revestimiento de sillares de piedra. Carecen ahora de
techumbre. Al centro de aquél se levantaba la estela Ponce.
Escalante asigna como dimensiones definitivas de Kalasasaya
135 metros como largo máximo y 119,06 como ancho máximo (27).
Se habría construido en la época III y perfeccionado en la
IV. En Kalasasaya está emplazada la llamada Puerta
del sol y la estela 7, popularmente conocida como El
fraile, que no se sitúan en su sitio original.
En verdad, una obra de ingeniería y arquitectura aborigen
que causa admiración. Lo más probable es que Kalasasaya
fuere la sede cívica-administrativa-religiosa propia de la
parcialidad o mitad norte de la ciudad de Tiwanaku, en tanto
que Pumapunku de la mitad sur, dentro de una concepción
dualista. Como excede en superficie 15 mil metros cuadrados,
podía albergar en ceremonias o en actos especiales a nutrida
muchedumbre por tratarse de un edificio abierto sin techumbre.
Se colige que en las grandes ocasiones la multitud espectaba
lo que acontecía en el patio interior desde el recinto que
circundaba a éste. Es indudable que Kalasasaya se hallaba
asociado a la cosmovisión, que representaba el plano celestial,
morada de los arquetipos. Como era terraplenada la construcción
y se trepa por su acceso principal a través de una escalinata
de siete gradas (número sagrado), denotaría concomitantemente
una subida simbólica al plano celestial. Además, en virtud
que sus muros de contención externos este y oeste se encuentran
erigidos con roca andesita, que al parecer ella se relaciona
con el elemento solar, la luz y claridad, lo mismo que la
estela principal Ponce. Por añadidura, como el patio
interior se correlacionaba con los equinoccios y solsticios,
o sea con observaciones astronómicas, se pudiera sugerir que
la obra se consagraba al sol (28). En síntesis, se puede suponer
que en Kalasasaya por su índole de edificio público
se concentraban multitudes, en oportunidades especiales, sea
para celebrar festividades vinculadas a su calendario, ocasión
para ceremonias y danzas rituales de grupos, aceptación de
decisiones políticas, presentación formal de autoridades
e incluso hasta intercambios de ciertos productos. Allí habría
desempeñado un rol protagónico el jefe de estado, cuya efigie
encarnaba la estela antropomorfa.
Con anterioridad a la excavación, se tomaron fotografías
aéreas oblicuas y un plano con registro de curvas de nivel
cada 25 centímetros Mediante un sistema de estacas se establecieron
cuadrículas como unidades de excavación. En 1957-58 se excavó
en el patio interior y se procedió a la apertura de 73 unidades
que totalizaron 1825 metros cuadrados. En 1958 se excavó en
el muro norte, con 25 unidades desde B-O a Z-O, 125 metros
de longitud. En 1959 se excavó el muro sur, con 59 unidades,
145 metros de longitud y 10 de ancho, ciertamente el mejor
conservado, porque el deslizamiento de tierra desde Akapana
había sellado el paramento hasta la altura del terraplén,
sobresaliendo del suelo tan sólo las porciones superiores
o topes de los pilares. Esto indujo a algunos autores de antaño
a creer que no existía muro corrido, sino sólo pilastras aisladas
entre sí. Fue sensacional encontrar intactos los canales abiertos
de desagüe perpendiculares al muro, que desembocaban en uno
matriz. Un testimonio elocuente de un sistema de canalización
para eliminar aguas pluviales. En 1960 se excavó el muro este,
doce unidades, habiéndose encontrado una porción que carecía
de pilares y tan sólo sillares. Al excavarse ulteriormente
la otra mitad del muro, se encontró por detrás restos de un
antiguo muro trabajado con bloques de arenisca roja, lo que
demostraba que el muro este fue colocado sobrepuesto a un
otro desatado y del que quedaron algunos restos, mejorando
la fachada principal con pilares y sillares de andesita, lo
que explica su mejor aspecto. También se localizó restos de
una escalinata de acceso a un muro de refuerzo posterior,
del que habían perdurado pocos rastros. En 1960 asimismo se
excavó la pared denominada balconera o Chunchukala,
flanqueada por dos escalinatas menores, vale decir la que
sobresale en el lienzo oeste, compuesta por pilares magníficamente
esculpidos, una porción de los sillares que conformaban el
paramento. Se descubrió que los indicados pilares reposaban
sobre un zócalo de grandes bloques y no sobre un cimiento.
También se determinó que el muro tenía una ligera inclinación
hacia atrás, por un efecto de compensación óptica (29).
Merecen subrayarse dos descubrimientos importantes, entre
otros, verificados en Kalasasaya. El detectar las épocas I
y II antes desconocidas en estratos anteriores a la erección
de Kalasasaya o sea pre-Kalasasaya, que posibilitaron
localizar la etapa aldeana de Tiwanaku, mostrando una secuencia
cultural coherente y un desarrollo cultural continuado (30).
Asimismo, el descubrimiento, sensacional por cierto, de la
estela que fue bautizada como Ponce, en mi homenaje,
en la unidad de excavación H-13 del patio interior, el viernes
8 de noviembre de 1957.
Kherikala se encuentra inmediatamente al sur de Putuni.
Codificado como 40630107. Su toponimia puede denotar significado
equivalente a la piedra del fogón. Constaba de un
amplio patio central, por supuesto sin techumbre sino abierto,
de 38 x 63 metros de planta. Este se hallaba precisamente
delimitado por cuatro pilares esquineros, que exhibían en
talla y bajorrelieve dos motivos cruciformes y pintada la
superficie en color rojo con cinabrio, los que de seguro representaban
la cuadripartición del territorio. En torno se había erigido
cuatro cuerpos con doble pabellón de habitaciones de planta
rectangular. Se puede calcular en 2087 metros cuadrados cubiertos
la edificación. Las paredes dobles de adobe, con interior
hueco que confería aislamiento térmico y en cierta manera
conservaba el calor, aprovechado también como depósito de
sus productos, artefactos, etc. Con el decurso del tiempo
y el cultivo continuado por varias centurias luego del ocaso
de Tiwanaku, ellas se han destruido por completo, quedando
apenas una pequeña muestra de adobe intacto como excepción
y el zócalo compuesto por filas de sillares que han perdurado.
Las habitaciones fueron estrechas y alargadas, con un poco
más de 5 metros de largo. Por tan angostas se puede conjeturar
que se había utilizado para techo una falsa bóveda de avance
de adobe, ya que no se ha encontrado indicios de techumbre
con envigado y cubierta de paja.
Desde el punto de vista científico cobra verdadera trascendencia,
porque demuestra con claridad la traza de un edificio netamente
habitacional y que muy posiblemente hubiera sido antaño un
palacio, por su ubicación en el núcleo de la antigua urbe
de Tiwanaku. Las especulaciones en sentido que era un monasterio
pecan de descabelladas por su falta de argumentación probatoria.
Kherikala es un exponente de la diferenciación social
existente y también de la presencia de un grupo gobernante
que usufructuaba de edificaciones de magnitud palaciana.
La excavación fue efectuada desde enero a marzo de 1958,
bajo mi dirección, según se registra en las notas de campo.
Se la dividió en 147 unidades, desde A-1 hasta O-7, un área
de 100 x 150 metros de superficie en guarismos redondos. Aproximadamente
a 80 centímetros de profundidad se descubrió los restos del
zócalo ya indicado. La estratificación comprendía la capa
de humus, por supuesto conexa con la actividad agraria moderna
del cultivo del terreno, debajo el escombro de adobe ya compacto
y junto al zócalo el estrato ocupacional. Cabe agregar que
se hallaron unos huecos rellenos profundos, donde se había
depositado basura, cenizas, astillas de hueso, fragmentos
de cerámica, al parecer un basurero para recoger desechos.
Demostraba una práctica sanitaria, ya que no se desperdigaba
al azar los desperdicios por doquier. Asimismo fueron frecuentes
los hallazgos de ofrendas de ejemplares de cerámica que habían
sido trizados intencionalmente y algunas cistas construidas
con lajas.
En las fotografías aéreas previas a la excavación de Kherikala
no aparecían vestigios muy ostensibles, sino leves, de la
edificación subyacente. Es que entonces su porción noroeste
estaba sometida a cultivo y hubo que comprar el predio a su
poseedor para proceder a la excavación. El terreno mostraba
una ligera depresión central con un desnivel de 1,72 metros
tanto del este como del oeste. El declive menos pronunciado
hacia el norte. Durante muchísimos años el suelo fue objeto
de cultivo y el arado promovió la consiguiente remoción, que
ciertamente afectó a lo que quedaba de las paredes de adobe,
que sufrieron una última destrucción. Ponce Sanginés personalmente
efectuó el relevamiento topográfico en diciembre de 1957,
dando la parte más honda una altitud de 3840,19 m.s.n.m. y
3841,93 la más elevada. Ese desnivel se debió a que las paredes
de adobe al derrumbarse y convertirse en tierra dieron lugar
a mayor acumulación donde estaban primitivamente, disminuyendo
el sedimento de modo paulatino a los costados (31).
Putuni, monumento emplazado al suroeste de Kalasasaya.
La toponimia puede denotar tres significados, puesto que putu
equivale en lengua aymara a fogón, cualquier cosa agujereada
o edificio de bóveda, denominación esta última más
admisible, para la empleada hoy en día para designarlo. Codificado
como 40630104. Del mismo han perdurado fundamentalmente grandes
bloques tallados en andesita, colocados en hileras a intervalos
y de manera horizontal, los que dan una idea de la planta
del edificio. Se deduce entonces que era un edificio en torno
a un patio central rectangular, compuesto por cuatro cuerpos.
El cuerpo oeste más ancho que los demás. Las piedras citadas
conformaban una especie de zócalo sobre el cual reposaba pared
de adobe. En consecuencia, la mayor porción del edificio habría
sido trabajada con adobe y únicamente la portada y el zócalo
con material lítico. Por supuesto el adobe ha desaparecido
al colapsarse las paredes. No se puede inferir por evidencias
directas cómo era el techo de Putuni. Se observa en
el muro norte dos estrechas entradas con peldaños para acceder
el zócalo. Sostengo que se trata de un zócalo de plataforma
sobre el que descansaba la edificación. La portada principal,
según puede inferirse de lo que resta de ella, era maciza,
muestra las huellas de los bloques que la constituían sobre
un solado y es posible una reconstrucción ideal de la misma,
parecida a la principal de Kalasasaya, pero con tres
vanos, uno principal y dos laterales que la flanquean, que
quizá servían para la colocación de centinelas o guardianes
(32). También poseía un sistema de canales de drenaje, con
el más hondo a bastante profundidad. Se puede calcular la
superficie edificada aproximadamente en 2117 metros cuadrados
y en 3166 el espacio que ocupaba el patio. Pertenece a la
fase urbana madura o IV de Tiwanaku, estado regional (33).
Se puede deducir que originalmente Putuni fue una
edificación palaciana por encima del zócalo y no un mero terraplén,
residencia del poder gobernante de Tiwanaku, cuya contrapartida
sería Kantatayita, dentro de la división dualista imperante.
Merece subrayarse que casi al centro del patio, se levantaba
una estela antropomorfa, hoy mutilada de la cabeza y su base.
Putuni fue excavado por Courty con una zanja central
por el eje este-oeste. Localizó la entrada principal, más
un pequeño solado delante de ella, el cual fue devastado,
no así aquella. En el lado occidental descubrió un canal maestro
subterráneo. Decenios después el Centro de investigaciones
arqueológicas en Tiwanaku excavó cuatro unidades de excavación
cerca al punto donde se halló aquél y se vio que continuaba.
En 1974-75 se excavó el patio interior y la parte externa
del contorno, estando a cargo del arqueólogo Cordero Miranda
el trabajo de campo, bajo mi dirección, para poner en claro
el alineamiento de los bloques. Se pudo esclarecer que la
estratificación a ambos lados y fuera se debía al desplome
de lo que fueron las paredes de adobe de una edificación,
material que con el decurso del tiempo se volvió a convertir
en tierra compacta. Por fuera, de consiguiente, la estratificación
se compone de humus moderno y debajo la capa de escombro de
adobe. Con posterioridad, alumnos de la Universidad de Chicago
en pos de conseguir datos para sus tesis de grado también
han intervenido en Putuni. Sampeck niega que hubiera
existido una estructura en Putuni, afirmando que fue
meramente tan sólo una pequeña terraza de 120 centímetros
de altura, circundada de muros poco elevados, pero habla con
soltura de un contiguo Palacio de los cuartos multicolores
(denominación que deja atónito al lector, pomposa denominación
para un simple piso de 22 x 6 metros de área) al noroeste
de aquél, aunque no brinda detalles sobre la configuración
arquitectónica del mismo, admitiendo que existían palacios
en Tiwanaku (34). En 1990 Janusek y Earnest admitieron que
sus resultados al respecto no eran concluyentes y que no
pudieron determinar la función original (35). Sampeck y Earnest
sostuvieron que sólo era un área de élite (36). En contraposición,
Escalante ha afirmado "es posible que hayan existido
edificaciones habitacionales levantadas en barro encima de
la estructura" (37). Este autor y Portugal exploraron
una cámara cuadrangular, ya saqueada en el sector noroeste,
señalando que pudieron haber mausoleos de inhumados
junto al muro interior. Esto no debe causar extrañeza porque
en el período prehispánico era frecuente inhumar a personas
en las propias edificaciones.
Akapana, codificado como 40630105, constituye el volumen
más relevante de Tiwanaku, de mayor elevación por cierto.
Según Paredes su denominación original era Apakhana,
que significa que lleva la luz en aymara y según Elorrieta
en kechwa denota celajes al amanecer (38). Originalmente
una pirámide escalonada, que a consecuencia del proceso de
erosión y las excavaciones en búsqueda de tesoros durante
la colonia española sufrió el desmoronamiento de los muros
de contención superiores y el deslizamiento de material consiguiente.
Quedó con el aspecto de una colina, que inclusive algunos
autores la supusieron natural. Las fotografías aéreas muestran
claramente que se halla circundada por el sedimento que quedó
como consecuencia de ese colapsamiento, de un tono claro en
dichas vistas. Se trata de una pirámide escalonada, con siete
terrazas, con cada una de ellas sostenida por un muro de contención.
Su acceso mediante una escalinata por el lado oeste. En el
tope existían construcciones de tipo habitacional. Pero también
hoy se advierte un alineamiento de pilares líticos, correspondiente
a alguna edificación mayor, en sentido E-O, que ha desaparecido
por la depredación ocasionada por los buscadores de tesoros
en el período colonial hispánico. Al parecer hubo otra edificación
grande en el oeste del tope con rumbo N-S. Escalante ofrece
como definitivas las medidas de 182,40 metros de ancho máximo
de N-S y 194,40 metros de largo máximo. Como su planta a su
vez es de tres cuerpos escalonados, el primero de 182,40 x
86,40; el segundo de 139 x 54; el tercero de 54 x 96 metros
respectivamente. De alto le otorga 18 metros, cifra que hubiera
que confirmar, ya que comprendería hasta la cubierta de las
construcciones superiores. Akapana antaño disponía
de una red de canales subterráneos de sección rectangular,
para evacuar el agua de la meseta plana en que culminaba la
pirámide, así como de las terrazas, de la cual hasta ahora
se han desenterrado apenas tres tramos. Akapana fue
erigida en la época III, que sin duda demandó una fuerte concentración
de esfuerzos, con modificaciones ulteriores en la IV. Eso
explicaría algunas diferencias en los paramentos murarios.
Akapana, por tratarse precisamente del volumen dominante,
marcaba el centro de la ciudad de Tiwanaku y del mundo conocido
entonces. Según el testimonio etnohistórico se había erigido
una estela en ese punto fundamental. Muy probablemente la
cabeza magna de una estela antropomorfa grande, ejemplar undécimo
en el listado pertinente. corresponda a la testa de aquélla.
Desde allí se desprendían dos ejes imaginarios, uno de este
a oeste siguiendo el curso del sol en los equinoccios y otro
de norte a sur. De aquí nacía la división cuadripartita de
acuerdo a las cuatro regiones del territorio, o sea el Pusisuyu.
Akapana se concebía simultáneamente como la montaña
sagrada, que vinculaba el plano terrenal con el celestial,
allí donde moraban los arquetipos y patronos (39). Se infiere
nítidamente que era el templo mayor, o sea un edificio
sagrado, donde también hubiera estado el observatorio astronómico
tan primordial en el pensamiento tiwanacota, acaso situado
en la estructura superior desaparecida. Pero también allí
habría residido la cúpula del sacerdocio, que tenía a su cargo
la religión oficial.
Las excavaciones practicadas en Akapana han permitido
identificar sus características arquitectónicas. Los segmentos
descubiertos del muro 1 demuestran que se halla integrado
por pilastras de arenisca roja plantadas a intervalos regulares
con cuatro hiladas de sillares entre ellos, aparejo al parecer
de asta y tizón, rematado por un antepecho de losas. A continuación
una terraza de 6 metros de ancho, de la que nace el muro 2
compuesto por un muro corrido de 7 hiladas de sillares de
menor tamaño que en el caso anteriormente descrito, sobre
el que descansa otra hilera de antepecho y por último un remate
de sistema de pilastras con sillares de mayor tamaño en el
espacio que mediaba entre éstas, en franca imitación del muro
1, pero quizá simplemente como adorno y con su función primordial.
Un detalle muy sugestivo fue el hallazgo de contrafuertes
adosados a la pared, que servían de refuerzo, así como sillares
salientes del paramento que se colocaron como recurso estético
para quebrar la monotonía y uniformidad del muro. Desde hace
cuatro centurias, Akapana fue víctima del vandalismo
ejercido por españoles ávidos de encontrar supuestos tesoros
áureos y que por sus dimensiones no podía pasar desapercibida
hicieron calas de magnitud, aunque por la información disponible
no tuvieron éxito. Se sabe que Juan de Vargas, con posterioridad
a 1548, vecino fundador de la ciudad de La Paz y alcalde de
ella con ulterioridad hizo excavaciones en pos de su ambición,
pero sin satisfacer sus anhelos. A fines del siglo XVIII,
un minero vasco de apellido Oyaldeburu, fue quien practicó
la oquedad en Akapana, destruyendo su tope y extrayendo
la tierra hacia el lado este, donde se encuentra hasta el
presente (40). Courty, un geólogo entrometido en investigaciones
arqueológicas, puso en claro un pedazo del muro 2 en la esquina
sureste, que luego volvió a cubrirse por tierra. En 1976,
el Centro de investigaciones arqueológicas en Tiwanaku
y gracias a la interpretación de fotografías aéreas, se hizo
una excavación piloto de 28 metros de largo del lado este,
con resultados satisfactorios (41). En 1988-89 el Seminario
de excavaciones, exhumó la esquina noroeste y algunas edificaciones
en el tope de la pirámide (42).
Pumapunku, desde el punto de vista toponomástico
-vale decir del estudio y análisis del nombre de lugar- significa
Portada del puma (mamífero carnicero de la familia
de los félidos) y muy posiblemente perduró la denominación
a través del tiempo. Codificado como 40630109. Sin duda uno
de los edificios más admirables que legó la cultura tiwanacota.
Ocupa la cuadrícula 343693 de la hoja 5844-II de la carta
nacional de Bolivia. A 68º40'40" de longitud oeste y
16º33'30" de latitud sur. Pumapunku se yergue
en la porción suroeste del área arqueológica. Separado por
un trecho casi de 900 metros al SO del centro de la pirámide
de Akapana. No obstante su apariencia de colina achatada,
por las fotografías aéreas se advertía un rectángulo que indicaba
que se trataba del resto de una edificación y no de una eminencia
natural. Sin duda, lo más notable que ostenta radica en que
en su lado oriental posee una plataforma lítica ciclópea,
que afecta la forma de un paralelogramo, elevada a 1,60 metros
sobre el suelo circundante, con un ancho de 6,75 metros de
este a oeste. Compuesta por un conjunto de macizos bloques
líticos, originalmente ensamblados por grapas de cobre arsenical,
que constituye un solado o sea un piso, con cuatro segmentos
principales y dos porciones intermedias. A una distancia de
6,80 metros resalta un alineamiento de varios bloques esculpidos,
algunos de los cuales serían pilastras de una pared. Al parecer
ella es el resto de una edificación, un pabellón, cuya techumbre
tuvo un alero de losas, en las cuales se esculpió la imitación
de tallos de totora, vale decir con ornamentación eskeiomórfica.
Han perdurado también porciones de cinco portadas líticas,
talladas todas en andesita, que no se han conservado enteras
sino fragmentadas. Cuenta también con un terraplén, que estuvo
sostenido por un muro de contención. El muro 1, que en realidad
viene a ser un zócalo intacto de sillares esculpidos a la
perfección y muy bien unidos, con tres rebajes escalonados
en su arista superior, vale decir un estereóbato, o
sea un macizo corrido en el léxico de los arquitectos, con
un alto de 1,02 metros, relativamente bajo. A continuación
una terraza de aproximadamente 2,30 metros de ancho y luego
el segundo muro, conformado por sillares regulares. Suelen
haber contrafuertes en éste. Hay diferencias de paramento
y aparejo murario. Un detalle particular de la primera terraza
estriba en que no toda ella se hallaba embaldosada con solado
de piedra, sino la parte trasera cubierta por piso de mortero
compactado. La segunda terraza alcanza a 1,53 metros de ancho.
Hubo probablemente una tercera terraza, hoy desaparecida.
También se identificó un pedazo de piso en la parte superior
de arcilla de color rojo. La cerámica correspondiente a la
época IV de Tiwanaku arrojó un porcentaje del 67,42 y de la
III un 2,25, lo que indica que su construcción se inició en
ésta y su máximo uso en la fase urbana madura. También se
halló tiestos de data inkaica y colonial hispánica, hecho
que sugiere que hubo un posterior asentamiento por ahí en
dichos períodos. Escalante brinda como medidas definitivas
de Pumapunku, 210 metros de ancho máximo, contando
las aletas laterales; 154,8 sin ellas; 122,40 de largo. Personalmente
había calculado en base a las fotografías aéreas 150 x 120
metros en guarismos redondos, estimación anterior a la excavación,
muy aproximada por cierto (43). En el centro de su patio interior
estaba la estela antropomorfa (44).
Pumapunku es funcionalmente un edificio terraplenado,
no una pirámide y dentro de la concepción dualista sería correspondiente
a la mitad sur de la urbe tiwanacota. Cabe enunciar que se
divisa una correlación direccional desde la esquina suroeste
de Kalasasaya al punto medianero de la plataforma lítica
de Pumapunku, en sentido SO-NE, que brinda un ángulo
de 45º del norte geográfico, lo que da pauta para esclarecer
que en Tiwanaku existía una orientación astronómica en las
construcciones y un eje axial E-O que separaba en dos mitades
o parcialidades la urbe prehispánica, vale decir una concepción
dualista, de la cual han pervivido resabios en el actual cantón.
Pumapunku por sus dimensiones pudo concentrar multitud
de gente, en festividades y otras ocasiones especiales. Como
se ha encontrado allí estatuas líticas que representan al
arquetipo del guerrero ataviado con máscara felínica (chachapuma),
que porta cabeza trofeo y sus armas respectivas, así por la
toponimia que parecería prístina, se colegiría que allí también
se congregaba la orden de los caballeros pumas, una organización
de guerreros, tal vez oficiales del ejército tiwanacota. Una
construcción cívica, ceremonial y administrativa, posiblemente
dedicada a la luna y al sagrado felino celestial.
Ponce Sanginés en 1971 publicó un voluminoso libro donde
examinaba toda la información por cuidadosa prospección y
señalaba las pautas para la respectiva excavación arqueológica
(44). El proyecto se incluyó en el plan operativo del Instituto
nacional de arqueología y comprendió dos temporadas, en
1977 y 1978, con 110 días trabajados en éste y 45 en aquél.
Fue dirigido por Ponce Sanginés y Cordero Miranda asumió la
tarea de campo. La excavación se realizó paralelamente a 116,20
metros lineales del lienzo sur, 27,80 de la prolongación lateral
sureste y 21,30 del lado oeste, a partir de la esquina suroeste
del edificio. Las expectativas iniciales se vieron sobremanera
colmadas. Con posterioridad, en 1989 de mayo a julio, estando
de director de dicho instituto Carlos Urquizo Sossa, se prosiguió
la tarea, completando poner en claro el perímetro murario,
con participación de Juan Faldín, Max Portugal, Oswaldo Rivera,
Javier Escalante, Leocadio Ticlla y José Estévez. Como descubrimientos
remarcables se puede mencionar la escalinata de acceso en
el lado oeste y el canal de desagüe en el ángulo noroeste
(45). Merece subrayarse el haber detectado un hormigón consistente
en cantos rodados de cuarcita introducidas en un aglomerante
de barro apisonado y compacto de extraordinaria solidez.
Kantatayita, sin duda un edificio, se encuentra ubicado
hacia el este del Templete semisubterráneo. Su sentido toponomástico
significaría excavado al amanecer (=kantatallita
en lengua aymara). Codificado como 40630101. Aunque no se
ha excavado allí, por los indicios se puede inferir que era
una construcción similar a Putuni, vale decir dotada
de un zócalo de bloques líticos y que poseía paredes de adobe,
desplomadas y desaparecidas. En su patio yace una maqueta
de un monumento, bastante descrita por cierto. Ahora bien,
en septiembre de 1976 en las proximidades de una esquina de
Kantatayita, circunstancialmente al colocarse un cartel
con el nombre del sitio, se topó de forma casual con un dintel
arqueado, con seis figuras esculpidas en el friso, parecidas
a aquellas de la Puerta del sol, aunque muy deterioradas,
dañadas intencionalmente durante las pesquisas de idolatrías
realizadas durante la colonia (46).
Lakkakollu, que ostenta la apariencia de un montículo
ahora, cuyo topónimo equivale en lengua aymara a colina
de tierra, está situado al noroeste de Kalasasaya.
Codificado como 40630108. Se trata de un montículo que tiene
aproximadamente 63 metros de longitud, 43 de ancho y 4,39
de altura, con su tope a 3846,55 m.s.n.m., en el cual se excavaron
tres zanjas estratigráficas exploratorias practicadas de sur
a norte, realizadas por el Centro de investigaciones arqueológicas
en Tiwanaku, bajo mi dirección, que permitieron descubrir
que estaba circundado por un grueso muro de piedra, que operaba
de contención y otro más arriba en forma escalonada y que
en su parte superior habría sido coronado por un edificio
de adobe desplomado. Se pudo detectar además que se hallaba
conectado por un muro con la esquina noroeste de Kalasasaya.
Pertenece a la fase urbana madura de Tiwanaku o época IV,
etapa del estado regional (47). Entre éste y la esquina NO
de Kalasasaya se descubrieron unas pequeñas habitaciones a
principio de siglo, los muros de adobe y el interior con revestimiento
de sillares líticos (48).
Lakkaraña es un sitio ubicado al norte del área arqueológica
protegida y cercana a la carretera actual. Según Bertonio
lakka es la tierra menuda que está en el suelo (49).
Se localizó allí un muro de contención, una estructura de
planta circular y el zócalo de una casa-habitación de planta
rectangular. Escalante excavó 228 metros cuadrados allí en
las temporadas de 1990-92 y Portugal Ortiz en un sondeo próximo
allí descubrió un remanente de pintura mural, asociado al
parecer con cerámica de la época I, hallazgo muy similar al
que se hizo en las excavaciones del patio interior de Kalasasaya
(50).
Mollokontu tiene ahora la apariencia de un montículo
hacia el sur de Akapana, donde por sondeos del CIAT,
se evidenciaba que hubiera sido un cementerio. La toponimia
deriva de mullu equivalente a piedra o hueso colorado,
conforme consigna Bertonio en su vocabulario y kotu a
montoncillo de cualquier cosa, ahora pronunciado como kontu
(51). Con posterioridad en la década del 90, el
alumno de la Universidad de Chicago, Couture, practicó excavaciones
allí, desconociéndose los resultados.
Chijijawira, aproximadamente a 1,5 kilómetros al este
de Akapana, comprende dos montículos, de donde no se
han descritos restos arquitectónicos, sino fundamentalmente
hallazgos cerámicos (52). De momento es difícil evaluar los
sondeos efectuados allí.
Lógicamente la antigua ciudad de Tiwanaku comprende amplia
área y todavía permanecen muchas edificaciones sin excavar
y con vestigios poco perceptibles en el suelo. Muchos, empero,
son detectables por las fotografías aéreas.
4. Secuencia cultural
El establecimiento de la secuencia cultural para Tiwanaku
ha obedecido a todo un proceso de investigación científica,
desde sus inicios todavía germinales hasta su plena formulación.
Los viajeros del siglo XIX intuyeron de manera vaga que esos
monumentos eran anteriores al Inkanato. Para ejemplificar,
el francés Castelnau en 1851 afirmaba: "La splendeur
de Tiwanaku appartient à une époque très antérieure à l'apparition
des inkas" (53). La traducción reza: "El
esplendor de Tiwanaku pertenece a una época muy anterior a
la aparición de los inkas" (54). Concomitantemente
su compatriota Nadaillac en 1883 señalaba: "C'est à Tiwanaku
que se trouvait le siège de la civilisation à la fois la plus
ancienne et la plus brillante de l'Amérique du Sud" (55).
Vertida la frase al castellano: "Es en Tiwanaku que se
encontraba la sede de la civilización a la vez la más antigua
y la más brillante de la América del Sur" (56). Sin embargo,
no se profundizó en el tema. Quedaba nimbado con un halo enigmático.
Todavía en 1920 el historiador Camacho trasuntaba tal posición,
de tónica hasta escéptica, con las siguientes expresiones:
"Ni estas leyendas, ni la arqueología, ni ninguno de
los medios de investigación y dilucidación de que el espíritu
humano puede servirse, permiten todavía vislumbrar la verdad
sobre los orígenes de Tiwanaku. El misterio sigue impenetrable"
(57). Se equivocó al acuñar tal enunciado.
El germano Uhle, uno de los pioneros de la arqueología andina,
no avanzó mucho más lejos, globalizando a Tiwanaku en un sólo
período. Textualmente anotó en 1892 en su grueso libro que
"las ruinas de Tiwanaku, consideradas en su conjunto
se remontan a una sola época y aún las obras, consideradas
en detalle, indican tener la misma edad" (58). Sostuvo
tal criterio desde entonces hasta la década de 1940, conceptuando
siempre a Tiwanaku como un todo, con dilatado territorio,
si bien ulterior -según su entender- a las culturas de la
costa peruana, admitiendo una disgregación tras su fin (59).
Empero, en 1943, viró en redondo y se sumó al coro de Bennett,
aceptando la secuencia cultural tripartita prohijada por éste
(60).
Posnansky, austríaco nacionalizado boliviano, se aproximó
al tema con un confuso esquema, enmarcado por alud de elucubraciones
fantasiosas y que pecan de infundadas. En 1911 emitió una
secuencia bipartita, con una época primaria, antiquísima y
en pleno cuaternario, donde los habitantes se refugiaban
en viviendas subterráneas y que correspondían a una agrupación
de cavernícolas, aserción que linda con lo ridículo (61).
Su época segunda se caracterizaría por la invasión de un pueblo
de lengua aymara, al cual atribuye las esmeradas construcciones
líticas. En su obra de 1945 modificó el perfil, agregando
un tercer período, con florecimiento cultural, que terminaría
abruptamente por la erupción de un volcán, consiguiente movimiento
sísmico e inundación por desbordamiento de las aguas lacustres
que arrasaron con todo (62). Posnansky fue adepto del catastrofismo,
descartado por la geología, ya que no hay rastros de actividad
volcánica reciente en el altiplano (63).
El estadounidense Bennett, quien efectuó excavaciones en
pequeña escala en Tiwanaku del 15 de junio al 10 de julio
de 1932, en su informe publicado dos años más tarde, prohijó
a su vez una periodificación tripartita de la alfarería,
con tres épocas, antigua o temprana, clásica y decadente,
apoyada en las diferencias estilísticas y de morfología de
las vasijas y parcialmente sustentada en la estratificación
(64). Es discutible su aseveración en sentido que no se
evidencia concatenación directa entre la antigua y clásica.
Igualmente su identificación de la decadente como mera degeneración
de la clásica, que se tipificaría en lo que concierne a la
decoración pintada como simplificación y en el empleo aislado
de parte de las figuras predominantes en aquélla. En el caso
específico del motivo felínico presentando tan sólo la cabeza
o la fisonomía y no así la totalidad, tornándose más sencillo
y por ende menos complejo. Luego anotó como indicador el predominio
de los diseños geométricos, en especial escalonados, dobles
S, etc. En cuanto a la manufactura por el trabajo de menor
calidad. El calificativo decadente se muestra impropio,
denota una idea organicista del desarrollo cultural, ya que
en realidad tal alfarería tiene manufactura menos esmerada
por los requerimientos de producción en mayor escala (65).
Reconoció taxativamente que no logró identificar una asociación
de su secuencia cerámica con las estructuras arquitectónicas
tiwanacotas, indudable error, porque Bennett excavó con el
criterio que se encontraba en un antiguo basural y no en medio
de restos de edificios de una ciudad prehispánica. En 1949
con la intención de sistematizar, auspició el término de horizonte,
definido por un conjunto coetáneo de elementos estilísticos
o una peculiaridad técnica de la alfarería. Incluyó a Tiwanaku
como uno de los seis existentes en los Andes centrales, considerándolo
como panandino y de expansión militarista (66).
En 1957 el estadounidense Wallace rebautizó como Keya
(otra grafía Qeya) para designar a la cerámica
calificada antigua por Bennett, asignando como denominación
la toponimia de un sitio de la isla del Sol en el lago Titikaka
(67). Un desacierto porque induce a suponer que fue manufacturada
allí y transportada a Tiwanaku, por lo cual la propuesta debe
ser rechazada. Se mantuvo en lo demás en la división formulada
por Bennett. Un enfoque puramente tipológico y unilineal,
que ha sido abandonado por la indagación.
El concepto de horizonte implica sustancialmente que el proceso
de cambio cultural o artístico se desenvolvió, tanto en sus
inicios como en su terminación bruscamente y extendiéndose
en forma horizontal. Su debilidad argumental estriba en que
implícitamente conlleva la noción catastrofista, como
si a la conclusión de cada horizonte se extinguiera todo de
modo abrupto y comenzara todo de la nada. Y eso no sucede
en el mecanismo de cambio, las formas precedentes se traslapan
con las nuevas en una trama y éstas van siendo adoptadas paulatinamente.
Lo correcto sería colocar en un gráfico la línea de separación
como inclinada y diagonal y no como horizontal. La innovación
se esparce desde un punto central y a partir de allí se difunde,
con más rapidez en las cercanías y con mayor tardanza en las
zonas marginales. Por añadidura, la adopción de un sólo elemento
como indicador, como acontece con la cerámica, conduce a
asirse a algo unilateral, desechando los demás, configurando
por tanto una visión incompleta.
Una periodificación con su respectiva cronología relativa
debe captar el desarrollo cultural, determinando las diversas
etapas de su trayectoria, tomando en cuenta los sistemas pertinentes,
como el tecnológico, el económico, el social, el político
y la cosmovisión, procurando reconstruirlo idealmente e identificando
los cambios que experimentó en el curso del tiempo. Depende,
por supuesto, de la información disponible recogida a través
de la investigación científica y con la metodología más refinada.
Dentro de esa perspectiva he trazado la secuencia cultural
para Tiwanaku, que ha sido aceptada en los círculos científicos
especializados y que ha demostrado su coherencia y validez,
porque no ha sido sustituida por otra.
Se sustenta la misma en la estratificación detectada en el
terraplén del edificio público de Kalasasaya, que fue
ubicada en las 73 unidades de excavación fijadas, que abarcaban
1825 metros cuadrados en planta y con registro tridimensional.
Se pudo comprobar que aquélla se ajustaba a una superposición
en que las capas más profundas correspondían a una etapa
anterior a la construcción del aludido edificio, vale decir,
la más antigua. Por encima de ella, el grueso estrato del
terraplén sostenido por los muros de contención y el piso.
Sobreponíendose al piso, las capas posteriores al abandono
de Kalasasaya, o sea postiwanacota. La composición
estratigráfica era similar en todas las unidades excavadas
y por tanto no tenía nada de heterogénea, sino uniforme. No
se trataba de un basural donde se había depositado desechos
de la vida diaria, sino de un relleno uniforme para erigir
el piso de una edificación que excedía los dos metros de altura
sobre el suelo circundante. Por tanto, era excelente tanto
para documentar la sucesión de estratos como para establecer
una secuencia cultural.
Se confirmó que el estrato ((8)), o sea el fondo, era estéril
y anterior al establecimiento humano. Enseguida se superponía
el ((7)), de tono grisáceo, con carbón y ceniza, netamente
habitacional, donde se encontró restos de casas y calzadas,
también tumbas, cerámica de la unidad Kalasasaya, con
la consiguiente asociación de estrechas calzadas, cimientos
de habitaciones de planta rectangular, a veces con otras de
planta circular, tumbas en hueco, conformando el contexto
de la época I. Por encima de éste una capa estéril limosa
((6)). Reposando sobre ella el estrato ((5)), con fuertes
lentes de carbón y tiestos de alfarería con antiplástico micáceo,
característico de la época II. Luego se encontró un gruesísimo
estrato ((4)), que correspondía a la plataforma del edificio,
tierra homogénea, seleccionada y compacta, llevada a propósito
de algún otro lugar para proceder al terraplenado, que contenía
tiestos y cistas propios de la época III. Se deduce, por consiguiente,
que el referido templo había sido construido entonces. Cubría
a éste el piso ((3)) del templo, de tono blancuzco, correspondiente
a la época IV. Las capas ((1)) de humus moderno y ((2)) también
con contenido orgánico, demostraban que se cultivó allí con
posterioridad al abandono del edificio (68).
Tras el recuento de resultados de ésta y otras excavaciones
se esclareció para Tiwanaku una periodificación de cinco épocas.
La I correlacionada con el estrato ((7)), que puso en descubierto
los restos de un asentamiento humano compuesto de fundamentos
de chozas unihabitacionales de planta rectangular, a veces
adosadas de estructuras circulares, que poseían paredes de
adobe, revestidas con aplanado de barro y pintura mural en
el paramento. Con estrechas calzadas para interconectarlas.
En fin, un caserío con un modo de vida aldeano. Con conocimiento
de metalurgia del cobre, oro y plata. Cerámica decorada en
rojo claro sobre fondo castaño amarillento por lo general.
Economía basada en la agricultura y como herramienta principal
la azada de hoja de hialobasalto grisáceo. La II, de la cual
se dispone de menos datos, dado lo delgado del estrato ((5)),
pero con rasgos muy parecidos a la precedente y predominancia
de una alfarería de pasta muy micácea en el rubro funcional
utilitario. En lo tocante a la III, conexa con el estrato
((4)), se nota que se superponía a la anterior y que se erigió
por encima la construcción de Kalasasaya, de gigantescas
dimensiones. En la misma época se habrían levantado las grandes
edificaciones tiwanacotas. En arquitectura se utilizó el aparejo
murario de pilares con tramos intermedios de sillares labrados,
la orientación astronómica de las esquinas, con énfasis en
lo mayestático. La época IV en Kalasasaya, vinculada
al estrato ((3)), está representada por un embellecimiento,
con el ciclópeo lado oeste, impresionante por su monumentalidad
y esmerada talla lítica, uso de la roca andesita como material
de lujo, de una red de canales de drenaje de aguas pluviales,
construcción de palacios con zócalo de bloques de piedra y
paredes de adobe, etc. Por último, la época V, que significa
la culminación de todo un proceso de desarrollo, enfatiza
el impulso de expansión territorial con todas sus implicaciones
y una producción en gran escala de artículos para cubrir los
requerimientos.
Ahora bien, para deslindar el proceso de desarrollo de Tiwanaku
he identificado la presencia de tres estadios, que
permiten trazar la trayectoria de su desenvolvimiento, considerando
en el diagnóstico varios factores y no sólo uno, unilateral,
el elemento cerámico. Debe entenderse como estadio un momento
dado y específico de desarrollo, que incluye los varios sistemas
que aglutina una cultura, vale decir el económico, social,
político, tecnológico, que se distingue del que le precede
y del que le sucede.
Para Tiwanaku, el primer estadio, se caracteriza por
el patrón habitacional aldeano, economía autosubsistencial
basada en la agricultura de cultivos andinos, ausencia de
clases sociales, formas políticas preestatales. Tecnología
con fundición de cobre, cerámica artística denominada Kalasasaya,
asociada a una utilitaria pulida tosca micácea. Hacia el final
de dicho estadio se habría operado una fase de transición
de lo aldeano a lo estatal. El segundo estadio se divide
en dos fases, la primera caracterizada por el estado local,
por su territorio todavía restringido y por el urbanismo temprano.
La aparición del estado conduce a la implantación de un sistema
administrativo, de una autoridad ejecutiva centralizada, de
una burocracia especializada y de un sistema compulsivo con
un ejército organizado. División de clases sociales, con la
campesina en la base, la artesana como media y la élite gobernante
aristocrática en la cúspide, que manejaba el poder. Excedente
económico a través de tributación, fundamentalmente en trabajo
y productos, para sostener el aparato estatal. Una voluntad
de poder reflejada en las grandes construcciones administrativas
y templarias. Planificación urbana, con un trazado acomodado
a la concepción dualista en dos mitades. Transformación en
la propiedad de la tierra, en que una apreciable proporción
pasaba a control estatal. En cuanto a tecnología, predominante
la cerámica denominada temprana, policroma, con pintura de
motivos felínicos y geométricos. Como material lítico, empleo
de la arenisca roja, roca de índole local. La segunda fase
corresponde al estado regional, con el comienzo de
una expansión a través de enclaves. El sistema político alcanzó
su madurez y la expresión artística su perfección, por lo
cual se la califica de clásica, en especial en cuanto
atañe a escultura lítica y cerámica. En cuanto a arquitectura
se erige palacios, destinados al núcleo gobernante y se embellece
las construcciones anteriores. Planeamiento de obras públicas.
Ampliación del comercio. Utilización de la andesita como
material constructivo. Distinción entre asentamientos urbanos
y rurales. En lo tecnológico, metalurgia del cobre arsenical,
que de suyo es duro. El tercer estadio es el imperial,
con la consiguiente expansión territorial en vasta escala,
hasta transformarse en estado universal panandino.
Como imperio se convierte en estado plurilingüe y multiétnico.
Los frutos de la penetración no fueron iguales en todas las
regiones, no puramente por acción militarista de conquista,
sino también por medios pacíficos de convencimiento, imbuida
por una filosofía de integración de los múltiples pisos ecológicos.
El descubrimiento tecnológico del bronce permitió una superioridad
bélica indiscutible. A fines del siglo XII de nuestra era
se colapsó, por la crisis política aunada a deficientes cosechas,
desagregándose en señoríos regionales (69).
Salta a la vista que la periodificación expuesta por mí difiere
en aquella propiciada por Bennett, especialmente en cuanto
a su amplitud se refiere. Por eso la tentativa de pretender
acoplarla a ésta, como pretende Janusek, no deja de ser una
manipulación (70).
5. Cronología absoluta y datación
radiocarbónica
Una secuencia cultural señala la superposición de épocas
y fases de un sitio dado, pero para otorgarle profundidad
temporal se requiere de cronología absoluta, o sea el fechado
en años de antigüedad, relacionado con nuestra era. Para Tiwanaku
se ha utilizado el método de datación radiocarbónica como
principal y los resultados obtenidos se han mostrado fructíferos.
No falta quien hubiera anhelado poseer la máquina del tiempo
imaginaria de H.G. Wells para trasladarse sin dificultad al
pasado y revelarlo. Infortunadamente, la pretensión es imposible.
Sin embargo, se ha logrado mediante la geocronometría, la
ciencia de la datación, estructurar cronologías absolutas,
de materiales arqueológicos. Contribución eficaz al respecto
ha aportado el doctor Willard Frank Libby a tal disciplina,
con el descubrimiento del método del carbono 14, isótopo radiactivo,
que llevó a cabo entre 1946-49 y que significó un paso importantísimo
en la arqueología, en especial para la región andina, quien
fue distinguido con el premio Nobel de química en 1960 (71).
La aparición de la primera edición de su libro en 1952 y la
segunda en 1955, así como la versión castellana en 1970 pusieron
de relieve su aporte. Libby presentó fechados de muestras
peruanas, pero no así de Bolivia (72).
Después el énfasis se concentró en el mejoramiento del instrumental
de conteo de las desintegraciones, lo que conllevó a una más
precisa técnica de laboratorio (73). Con posterioridad se
encaminó la indagación al perfeccionamiento de la datación
y a su comparación con otros métodos, que ha resultado muy
útil porque sirvió para demostrar que el carbono 14 es válido
en arqueología. Las dataciones iniciales se basaron en la
vida media del citado isótopo de 5568±30 años, pero con posterioridad
se oficializó el valor 5730±40, que parece más admisible,
debiéndose multiplicar entonces el resultado de aquéllas por
el exponente 1,03, que deriva empero a un incremento mínimo
de antigüedad (74). Se correlacionó luego los fechados obtenidos
con los dendrocronológicos y se obtuvo la tabla de corrección
pertinente. Se observa en ella que la diferencia para el intervalo
0-1100 de nuestra era en media aritmética denota 59 años y
del 0-1000 a.n.e. implica 70 años, que no modifica sustancialmente
sino en manera mínima la datación conseguida en laboratorio
(75). Cabe agregar que cada fechado se halla sujeto a la desviación
típica o estándar, de manera que se sabe que con una desviación
(1 sigma) de la media, el 68 por ciento se encuentra
a cada lado negativo o positivo, o sea dentro de esa confiabilidad
y que con dos alcanza al 95%. Vale decir que con una desviación,
existen dos probabilidades en tres que la datación se encuentre
dentro del rango indicado (76).
En 1961 en el Encuentro arqueológico internacional,
celebrado en Arica del 25 al 30 de septiembre de 1961, presenté
el primer informe titulado Breve comentario acerca de las
fechas radiocarbónicas de Bolivia, basado en los resultados
de 33 muestras orgánicas recogidas de sitios prehispánicos
de Bolivia, de ellas 13 procedentes de Tiwanaku (77). Para
1976 se amplió a 27 de Tiwanaku, a las que se suman 6 de localidades
vinculadas a su cultura (78). De esa manera pude yo presentar
una cronología absoluta admisible (79). En la recolección
de las muestras orgánicas se adoptó las precauciones aconsejables
para evitar la contaminación.
Para fines de mostrar la trayectoria cronológica de Tiwanaku,
se enumeran a continuación los fechados más significativos,
empezando por los de mayor antigüedad. El FRB-44 (abreviación
de fechado radiocarbónico boliviano) arrojó 1580±120 a.n.e.,
proveniente de la muestra extraída del estrato ((6)) de la
unidad de excavación K-16 del patio interior de Kalasasaya,
a una profundidad de -328 centímetros y correspondiente a
la época I (80). Esta es la fecha más antigua conseguida hasta
ahora para Tiwanaku y se puede suponer que representa al comienzo
del asentamiento humano sedentario allí, vale decir al estadio
aldeano Cabe aclarar que no se puede descartarla aduciendo
contaminación, puesto que en este caso se habría modernizado
y no tornado vetusta. Por otra parte, la datación de hidratación
de obsidiana brindó paralelamente las muestras 351 y 179 de
aproximada edad, lo que contribuye a hacer fehaciente la aquí
comentada (81).
La continuidad cultural en el estadio aldeano se documenta
con las dos siguientes fechas: FRB-51 ambas de muestras tomadas
en el patio interior de Kalasasaya, unidades de excavación
E-14 y F-14, estrato ((6)) y -270 y -255 de profundidad, que
brindaron 580±200 y 450±200 a.n.e. (82). Se demuestra así
que Tiwanaku como un simple caserío continuó por mucho tiempo.
La época II o de transición hacia la configuración del estado
estaría representada por los fechados radiocarbónicos 28 y
52, obtenidos de muestras extraídas de las unidades de excavación
F-15 y K-12 de Kalasasaya, estrato ((4)) a -240 y -237
de profundidad, que dieron 150±200 a.n.e. y 0±150 d.n.e. (83).
En ese lapso se habrían operado importantes medidas de cambio
como el avance al urbanismo y la instauración de la institucionalización
política en Tiwanaku.
Para la época III se posee dos fechas importantes, FRB-6
con 133±103 d.n.e., que con la desviación 1 sigma se remontaría
a principios de la era cristiana, lo que concordaría con el
cierre de la segunda época. Un momento de modificación de
estructuras sociales, políticas, urbanísticas, etc. de Tiwanaku.
En cuanto a FRB-8 con 374±104 d.n.e. marcaría el cierre de
la época III y el advenimiento de la siguiente (84).
Para la época IV, o sea la correspondiente final del estado
regional, se dispondría del FRB-3 con 724±100 d.n.e. (85).
Existe concordancia entre los estudiosos para asignar a los
primeros decenios del siglo VIII para identificar el momento
de expansión territorial desde la configuración regional a
la imperial.
El estadio imperial habría durado hasta el 1172±133 d.n.e.,
según FRB-41 (86). La muestra se la obtuvo del piso de la
unidad de excavación F-8 de Kalasasaya. Se cuenta asimismo
con el FRB-57 que brindó 1170±150 d.n.e., de muestra extraída
de la unidad de excavación K-10 del palacio de Kherikala
(87). Devienen de un momento postrero de ocupación de ambos
edificios. Vale decir, el estadio imperial duró casi cuatro
centurias y media, en que en esa fecha habría sufrido la crisis
política y ambiental que a la postre derivó en la disgregación
del imperio de múltiples señoríos regionales. Existen numerosos
fechados de dicho estadio, que se colocan dentro de tal lapso
temporal.
En resumen, de acuerdo a la cronología radiocarbónica, se
contaría para la época I de 1580-150 a.n.e.; para la II de
150 a.n.e.-133 d.n.e.; para la III de 133-374 d.n.e.; para
la IV de 374-724 d.n.e.-; para la V de 724-1172 d.n.e. Se
advierte una notoria coincidencia con la cronología histórica,
expuesta en el capítulo pertinente: Primer ciclo de 170 a.n.e.-165
d.n.e.; segundo ciclo de 165-333 d.n.e.; tercer ciclo de 333-640
d.n.e.; cuarto ciclo de 640-1187 d.n.e. En ésta no figura
la larga etapa aldeana, sino se correlacionaría a partir de
la época II, la cual es una transición de la forma prestatal
a la estatal.
Pero también, se observa concordancia con la
datación efectuada por hidratación de obsidiana, donde de
56 muestras de Tiwanaku, cubren un amplio rango muy similar
a las radiocarbónicas, desde 1270 a.n.e. hasta el 1170 d.n.e.
Esta última concuerda perfectamente para el final del estado
tiwanacota. Representan su trayectoria desde el principio
hasta el ocaso de esa cultura, lo que no puede ser fruto de
la casualidad en modo alguno, sino un indicador de concordancia
en el tiempo de su desarrollo (88).
Notas
1. Lizárraga 1909, p. 542.
2. Ponce Sanginés 1991, p. 8; Muñoz Reyes 1977, p. 32; Montes
de Oca 1982, p. 146; Castillo 1987, p.3.
3. Dejoux e Iltis 1991, p. 11.
4. Ponce Sanginés et al. 1992, p. 13.
5. Unzueta 1975, p. 177.
6. Brockman 1978, mapa.
7. Cochrane 1973, p. 169.
8. García y Viparelli 1975, fig. 1-15.
9. Ponce Sanginés 1989, p. 191.
10. Servicio nacional de caminos 1992, p. 20.
11. Pérez 1984, p. 115.
12. Ponce Sanginés y Mogrovejo 1970, p. 208.
13. Nadaillac 1883, p. 400.
14. Ponce Sanginés 1994b, p. 66; Ministerio de asuntos campesinos
y agropecuarios 1974, pp. 122-125.
15. Ponce Sanginés 1994b, p. 67; Pulgar Vidal s/d, p. 55;
Dollfus 1981.
16. Ponce Sanginés 1995b, p. 13; 1999b, p. 13.
17. Ponce Sanginés et al. 1971, pp. 95-121.
18. Ponce Sanginés 1995b, pp. 15-32; 1999b pp. 15-32.
19. Ponce Sanginés 1989, p. 32.
20. Ponce Sanginés 1995b, pp. 63-81; 1999b, pp. 109-177.
21. Ponce Sanginés 1995b, pp. 109-177.
22. Montaño de Ponce Sanginés 1993, pp. 3-4.
23. Ponce Sanginés 1995b, pp. 211- 270; 1999b, pp. 211-270..
24. Ponce Sanginés 1990, p. 162.
25. Ponce Sanginés 1995a, pp. 61-62; 1999a, pp. 61-62..
26. Ponce Sanginés 1990, 1969, 1964, 1963.
27. Escalante 1993, p. 174.
28. Ponce Sanginés 1995a, p. 61; 1999a, p. 61.
29. Ponce Sanginés 1995b, pp. 226-230; 1999b, pp. 226-230.
30. Ponce Sanginés 1993b.
31. Ponce Sanginés 1995b, pp. 233-234; 1999b, pp. 233-234.
32. Ponce Sanginés 1981, p. 188, fig. 60.
33. Ponce Sanginés 1995b, pp. 234-236; 1999b, pp. 2343-236.
34. Sampeck 1991, p. 2.
35. Janusek y Earnest 1990, pp. 236, 240.
36. Sampeck y Earnest 1990, p. 247.
37. Escalante 1993, p. 242.
38. Paredes 1955, p. 42; Elorrieta 1992, p. 42.
39. Ponce Sanginés 1995a, p. 60; 1999a, p. 60.
40. Ponce Sanginés et al. 1971, pp. 70-71, 76.
41. Ponce Sanginés 1995b, p. 241; 1999b, p. 241..
42. Manzanilla 1992, p. 46 y ss.
43. Ponce Sanginés 1995b, pp. 237-239; 1999b, pp. 237-239.
44. Ponce Sanginés et al. 1971, pp. 38-48.
45. Escalante 1993, p. 207; Portugal Ortiz 1992, pp. 33-38.
46. Ponce Sanginés 1995b, p. 243; 1999b, p. 243.
47. Ponce Sanginés 1995b, pp. 236-237; 1999b, pp. 236-237.
48. Créqui-Montfort 1906, p. 535.
49. Bertonio 1956, II, p. 186.
50. Escalante 1993, p. 270; Portugal 1992, p. 16.
51. Bertonio 1956, II, pp. 53, 227.
52. Rivera C. 1994, p. 7.
53. Castelnau 1851, p. 396.
54. Otero 1943, p. 44.
55. Nadaillac 1883, p. 401.
56. Otero 1943, p. 45.
57. Camacho 1920, p. 133.
58. Gallo 1925, p. 111; Stübel y Uhle 1892, II, p. 46; Ponce
Sanginés 1979, p. 4; 1995b, p. 67.
59. Uhle 1904, p. 81.
60. Uhle 1943, p. 20.
61. Posnansky 1911, p. 17.
62. Posnansky 1945, I, p. 55.
63. Ponce Sanginés 1994a, p. 136; Ponce Sanginés 1995b, p.
79; 1999a, p. 79; 1979, p. 5.
64. Bennett 1934, p. 448.
65. Ponce Sanginés 1995b, p. 140; 1999b, p. 140..
66. Bennett y Bird 1949, p. 108; 1954, p. 72.
67. Wallace 1957, p. 19a.
68. Ponce Sanginés 1993b, p. 53; 1995a, p. 53.
69. Ponce Sanginés 1981, p. 85; 1995a, p. 52; 1999a, p. 52;
1995b, p. 248; 1999b, p. 248.
70. Janusek 1994, p. 92.
71. Ponce Sanginés en Libby 1970a, p. 7; 1970b, p. 1; Libby
1967, p. 3; Taylor y Meighan 1978, p. 3.
72. Libby 1955, pp. 132-134; 1970a, pp. 157-159.
73. Aitken 1961, pp. 110-116; Hamilton 1965, pp. 36-40.
74. Libby 1955, p. 36; 1970a, p. 53; Watkins 1975, p. 112.
75. Ralph et al. 1973, tablas 1-3.
76. Michels 1973, p. 156.
77. Ponce Sanginés 1961a, pp. 1, 18; 1961b; 1961c.
78. Ponce Sanginés 1976, tabla 1; 1981, tabla 1.
79. Ponce Sanginés 1993a, p. 105.
80. Kigoshi y Endo 1963, p. 116.
81. Ponce Sanginés 1981, p. 141
82. Oeschger y Riesen 1965, p. 7.
83. Oechger y Riesen 1965, p. 4; Parsons, carta 5-3-1962;
Ponce Sanginés 1962, p. 62.
84. Ralph 1959, p. 55; Dupuy 1967, p. 162.
85. Ralph 1959, p. 55.
86. Stuckenrath 1963, p. 55.
87. Stuckenrath 1963, p. 95; Parson, carta 5-3-1962.
88. Ponce Sanginés 1981, p. 141.
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* El Doctor Carlos Ponce Sanginés es referencia insoslayable
de los estudiosos del mundo precolombino. Decano e iniciador
de la arqueología científica boliviana, tiene una dilatada
trayectoria que se inicia a mediados de la década de 1950.
Fundador y primer Director del Instituto Nacional de Arqueología
(1971-1982), lo es también del Centro de Investigaciones
Arqueológicas en Tiwanaku (1957-1975), del de Iskanwaya
(1973-1975) y del de Samaipata (1973-1975). Dirigió todos
los trabajos arqueológicos, excavaciones y restauraciones
efectuados en Tiwanaku desde 1957 a 1982. Es autor de numerosos
artículos y más de cuarenta libros, entre los que destacan
Descripción sumaria del templete semisubterráneo de Tiwanaku;
200 años de arqueología boliviana; Exploraciones
arqueológicas subacuáticas en el lago Titikaka. Actualmente
tiene en prensa una actualización de la arqueología boliviana
en cuatro tomos. Su labor fue reconocida con el Premio Nacional
de Cultura en 1977; en 1990 la Universidad Privada Franz
Tamayo lo distinguió con el título de Doctor Honoris Causa
en Arqueología. Director de la Revista Pumapunku
y del Centro de Investigaciones Antropológicas Tiwanaku
(CEINANTI), ha dictado conferencias en el marco del Seminario
Internacional Los Andes antes de los Inka.
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